
En el recorrido de una instalación parada hay un momento en el que el titular señala el molino y pregunta cuánto pesa. Casi nunca se acierta a ojo. Un molino discontinuo de tamaño medio, con la virola forrada, la carga moliente dentro y el resto de barbotina que quedó de la última bachada, es con diferencia el bulto más pesado del conjunto, por encima de cualquier tramo de estructura. Y es también el equipo con más recorrido comercial de toda la nave, así que conviene tratarlo con cabeza desde el primer día.
La regla que gobierna su desmontaje es corta: primero se vacía y después se mueve. Suena obvio dicho así, pero la tentación de acortar plazos moviendo el conjunto entero con una grúa aparece más de lo que parece, y es exactamente lo que convierte un equipo vendible en chatarra cara de transportar.
Vaciar antes de mover: la regla del molino
El vaciado empieza por lo líquido. Si quedó barbotina dentro, se descarga por la boca a través del tamiz de salida y se envía al mismo circuito que la de las balsas, con su medición y su destino. Si el molino lleva meses detenido, lo que hay dentro ya no fluye y toca ablandarlo con agua y giro lento antes de intentar sacarlo, siempre con el cuadro bajo control y con la boca orientada hacia el punto de recogida.
Después sale la carga moliente. Se extrae por la boca con canaleta y recipiente, en tandas cortas, porque el material es denso y una carretilla se llena con muy poco volumen. Es un trabajo lento que se acelera mal: forzarlo se paga en golpes al revestimiento y en desperdicio de cuerpos moledores que tenían valor. Con el cuerpo ya vacío, el molino pesa una fracción de lo que pesaba y cambia por completo la conversación sobre grúas y transporte.
La carga moliente tiene mercado propio
Los cuerpos moledores merecen una línea propia en el inventario. Según la instalación pueden ser guijarros de sílex de río o cuerpos cerámicos de alta alúmina, y en ambos casos existe un mercado de reutilización dentro del propio sector, sobre todo si conservan calibre y llegan sin fracturar. Se separan por tamaños con criba, se lavan, se ensacan en big-bag y se ofrecen antes de asignarles cualquier otro destino.
Lo que llega desgastado, roto o con incrustaciones sigue teniendo salida como material cerámico hacia valorización, con su justificante correspondiente. La diferencia económica entre las dos vías es apreciable, así que la separación se hace en la propia nave y se anota. En la oferta aparece como una línea con su estimación de toneladas y su valoración, igual que el resto del material recuperable de la instalación.
El revestimiento interior y lo que aparece detrás
Con el cuerpo vacío ya se puede mirar el forro. En la comarca conviven dos soluciones: el revestimiento cerámico de alúmina, pegado o encajado en placas, y el revestimiento de caucho atornillado por dentro. El primero se retira a golpes controlados y sale como material cerámico; el segundo se desmonta por paneles y sigue la vía del caucho industrial. Cada uno viaja por su lado, separado del metal de la virola.
Detrás del forro aparece la chapa real del cuerpo, que es lo que decide si el molino se vende o se despieza. Un espesor sano, sin picaduras profundas ni deformaciones en la zona de la boca, mantiene el equipo dentro del mercado de ocasión. Si la chapa está castigada, la decisión se toma ahí mismo, con el titular delante, y el desmontaje cambia de método porque ya no hace falta preservar la geometría.
Bajar el cuerpo: bancada, cuna y grúa
El molino descansa sobre una bancada de hormigón con pernos de gran diámetro y apoya en cojinetes o en rodillos. La secuencia consiste en liberar el accionamiento, retirar las protecciones, marcar la posición de los apoyos, cortar o desroscar los pernos y calzar el conjunto antes de tocar nada más. Un cuerpo cilíndrico rueda con una facilidad que sorprende, y por eso se inmoviliza con cuñas y con eslingas antes de aflojar el último anclaje.
El izado se hace con camión grúa o con grúa móvil según el peso y la distancia hasta el vial, con puntos de amarre calculados y con el conjunto apoyado en cuna para el transporte. Si el equipo va a segunda mano, se protegen las bocas, se identifica cada pieza suelta y se acompaña de la placa de características y de la documentación que el titular conserve, que es lo que después sostiene el precio delante del comprador.
El accionamiento, el reductor y la sala eléctrica
La parte de arrastre se desmonta aparte y tiene su propia lógica. Motor principal, reductor, acoplamiento, corona y piñón se separan del cuerpo, y los aceites del reductor se drenan a bidón identificado para salir por su circuito específico con empresa acreditada. Los motores de tamaño relevante y los reductores en buen estado se colocan sin dificultad; el resto sigue la vía del metal, separado por familias desde la propia nave.
Cierra la partida el cuadro que alimentaba el conjunto, con su arranque, sus protecciones y su cableado hasta la sala eléctrica. El cable se recupera por su cobre, los cuadros se despiezan y los equipos electrónicos siguen la vía de los residuos de aparatos eléctricos con su justificante. Con eso hecho, la bancada queda libre, los pernos cortados a ras y el suelo preparado para la reposición que exige la entrega.